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martes, 21 de agosto de 2012

Cartas que nunca llegaron a Dublín (II)

Podría escribir sobre tus ojos. Por esa extraña forma de moverlos inconscientemente cuando te concentras en un punto fijo. O sobre tu lunar. Justo debajo de la nariz. Resulta gracioso, porque la primera vez que me fijé pensé que era una mancha de chocolate o algo así. También podría escribir sobre tu forma de reírte, soltando un pequeño suspiro justo al final. Podría escribir sobre tus pequeños percances que te hacen tan encantadora y de como sabes reírte de ti misma. O incluso podría despedirme ya, en una segunda carta que total, no vas a leer. Quizás sería una buena opción la de desaparecer rápidamente de tu vida como el hielo que se deshacía en tu mejilla después de tu aparatosa caída aquella noche. El caso es que creo que eso es lo mejor que puede pasar, al fin y al cabo, nunca nos miraremos a la cara y nos diremos que coño pasa. Así que yo seguiré sin saber que pasa por esa cabeza y tú no sabrás que en mis noches sin dormir, te escribía. Te quedarás sin saber que a ti, te quedaba mejor mi camiseta cuando te la ponías para dormir; que los bocadillos en aquella terraza sabían mejor contigo cerca; y que si me quedaba hasta la madrugada estudiando, no era por mejorar mi nota. Y aunque no me gustase tu colonia, ni ciertos gustos musicales, podría haberte escrito mil cartas más. Pero eso tú, tampoco lo sabías.


Me moriré de ganas de decirte que te voy a echar de menos



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