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jueves, 23 de febrero de 2012

¿Y cuál es la diferencia?

Para empezar, me pediste fuego y eso que tú nunca fumabas. También dijiste que no bebías y acabaste pidiéndome que te invitara a una copa. Querías que te regalara bombones pero no te los comías porque estabas a dieta. Según tú, nunca besabas en la primera cita, pero eso no fue del todo cierto. Decías que no querías palomitas y acababas cogiendo de las mías. Siempre te ibas de casa sin desayunar y al mismo tiempo querías que te llevara el desayuno a la cama. No te gustaba llegar tarde a los sitios pero tardaste años y años en aparecer en mi vida. Decías que odiabas el fútbol y sin embargo te sentabas conmigo en el sofá a verlo. Cuando bostezabas y yo te preguntaba si tenías sueño lo negabas, pero acababas durmiéndote en menos de diez minutos. No dejabas que te sacara fotos pero querías que siempre llevara una tuya en la cartera. Nunca fuiste una chica fácil, pero hacías mi vida mucho más sencilla. No me dejabas besarte en el cuello porque tenías cosquillas pero a veces me susurrabas que sí lo hiciera. Y después de tantas contradicciones y tantos sucesos que no llegué a comprender definitivamente tú sola llegaste a la conclusión de que no te entendía. Y en eso cariño, tenías razón.

La diferencia es que estaba dispuesto a intentarlo.

lunes, 13 de febrero de 2012

Aún queda orgullo en esos ojos

¿Y si te hubieras rendido la primera vez que te caíste al aprender a caminar? ¿Y si hubieras bajado los brazos cuando suspendiste por primera vez un examen? O la primera vez que te dejaron, o cuando suspendiste el carnet de conducir. Yo que sé, tienes mil ejemplos en los que fijarte. El caso es que no sé a qué coño viene eso de querer tirar la toalla ahora. Justamente ahora.

Y ya sé que eso de que la vida es muy puta no te lo contaban en los cuentos antes de dormirte, pero a estas alturas me parece que ya lo has aprendido. Así que ya puedes levantar la cabeza y volver a mirarte en el espejo porque sé que aún queda algo de orgullo en esos ojos.

No puedes evitar llorar o sentirte mal cuando las cosas se tuercen, o que te afecten de un modo excesivo, pero si puedes seguir sonriendo y encontrando la motivación necesaria en cada tropiezo. Puedes poner cuatrocientas excusas y seguir quejándote o empezar a cambiar eso de una vez. Tú decides.




Por cierto, la próxima vez que pienses en tirar la toalla, espero que sea al salir de la ducha.